No quiero quitarme
esta mancha cobarde
que cubre mi rostro gris,
decía Él.
Despierto
y duermo con ella
aferrada a mi piel
como mi mejor arma de guerra.
La venero con rezos de poca fé,
porque esconde lo que fui ayer,
pero hoy de ella
trascenderé y la olvidaré.
Y lo digo rápido sin detenerme,
porque en los exámenes
nunca fui bueno,
no los pasé,
pero voy a detenerme un rato
a ser elocuente por esta ves
y a zigzaguear el comienzo
de los errores que cometeré.
La circulación de mi sangre se estancó,
en forma del más doloroso e incómodo coagulo,
ahí por donde el inconciente
se vacía en forma de heces.
Por esta molestia
me tendré que mover,
los caprichos que me empezaban a comer
ahora deberán empezarme a poseer.
De todas formas,
si es necesario
para que se entiendan mis palabras,
las borraré con la misma tinta
y al mismo tiempo
en el que cargo con todas mis fuerzas
este lápiz con el que escribo sobre el papel.
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